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  1. Hacer sufrir

Desde los primeros años de la escuela hasta mucho después de la edad universitaria, el hostigamiento, el acoso y la violencia entre los jóvenes se han convertido en una práctica común. Se trata de un ejercicio gratuito y desinteresado. No hace diferencias entre pobres o ricos, entre cultos o iletrados. No admite correlación con reivindicaciones sociales ni ideológicas.

En esa línea ya iniciada por numerosos colegas, nos sumamos al intento de contribuir a la reflexión sobre lo que anima a ese adolescente que se propone decididamente angustiar a otro. Un adolescente “cruel”.

Se trata de una violencia especial, que debemos distinguir de otras modalidades. No se ejerce para robar ni asaltar, ni son violencias compulsivas en las que está en juego lo que llamamos “lógica del Uno”[i], ni a hechos violentos que caracterizan algunas psicosis, como respuesta a la intrusión insoportable de fenómenos elementales. No nos referimos tampoco a los pasajes al acto, ni a los enceguecimientos de la pasión imaginaria, ni a otras modalidades en la que, inversamente, el acto tiene una alta filiación significante, a veces sacrificial, que se realiza en el nombre de un Ideal.

Apuntamos a coyunturas en las que se despliega entre los jóvenes una voluntad deliberada de infligir sufrimiento. Como dijimos, se trata de algo gratuito, sin beneficio material, por pura diversión. A veces son palizas grupales, en algunos casos muy feroces. Casi siempre acompañadas con risas y gritos de entusiasmo.

La cuestión de fondo es ésa: la risa, el disfrute, lo divertido. La satisfacción que se obtiene indica su compromiso con la pulsión. Podemos decir, una satisfacción consciente, lúcida. Se sabe de qué se está gozando.

Esta violencia puede asumir formas mediáticas, como las masacres juveniles de Columbine (EE. UU., 1999), Virginia Tech (EE. UU., 2007), Carmen de Patagones (Argentina, 2004), Río de Janeiro (Brasil, 2011), etc. Pero hay otra modalidad, a veces invisible, que se practica ubicuamente en todos los países y en todas las ciudades: el “bullying”, el acoso escolar. Es un modo particularmente cruel.

  1. Microfísica de la burla

Se elige una víctima y se la ataca. La iniciativa parte de una figura con poder. Todo el grupo participa como espectador. Se realiza de modo generalmente continuo, prolongado. Como lo describe con precisión José R. Ubieto [ii] es una violencia silenciosa, pública pero secreta, solo para los miembros del grupo. Los adultos no se enteran, sólo se comparte entre pares. Los adultos quedan afuera, incluso los padres, tanto de la víctima como los del acosador.

¿Cuál es la herramienta específica con la que se lleva a cabo el bullying?

No suele ser el ataque o la violencia física. La herramienta electiva es la burla, elevada al grado de humillación. Sus efectos no son menores.

La burla localiza en el sujeto un rasgo delimitado con mayor o menor precisión. Este rasgo se recorta como índice parcial de la persona en su totalidad: puede ser físico (nariz, pelo, estatura) alusivo a su estilo motor (torpeza, modos de moverse, expresiones), al comportamiento social (timidez, desenfado), etc.

No es suficiente considerar la imagen en su conjunto como mera apariencia, sometida más o menos a los avatares de la castración. Hay, además de ello, un efecto infinitesimal, ineliminable, en que el sujeto está suspendido de la respuesta del Otro. Por así decirlo, cuando alguien se presenta a un grupo, sus rasgos son todo lo que tiene. Al comienzo, esas son sus únicas cartas, sin saber aún si será incluido o no en la partida.

Obviamente, parte del juego consiste en consentir el efecto castrativo que todo lazo social requiere. Eso se manifiesta en la circulación generalizada de bromas. Para integrar un grupo, todos deben aceptar, con mayor o menor resignación, que se haga evidente el rasgo que en cada cual encarna la falta.

  1. Desecho-causa-de-risa

Pero la violencia del bullying no está en ello. Este acto, en su dimensión específica, exige la elección de un rasgo que será elevado a otra cosa. No a lo que representa una falta, que solemos indicar como “menos fi”. La burla del bullying circunscribe con precisión quirúrgica el rasgo que habrá de constituirse en un índice de la singularidad como tal.

En esta operación, espontánea pero estructurada, el sujeto víctima es nominado con su rasgo, que se convierte entonces en “causa de risa”, un modo especial de anudarse al Otro. No es lo mismo que en el caso de la colectivización general de las bromas. Podemos intentar describirlo:

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En la que a asume el valor de causa, no de deseo ni de simple desecho; sino, por decirlo así, de “desecho que causa risa”.

No se trata del desecho que “cae” del campo del Otro sino que, inversamente, tiene pleno alojamiento como causa (ridícula) de risa. En esa posición el sujeto no deja de verificase como objeto de goce del Otro. Tenemos de ello otra representación cinematográfica en el final del film Carrie[iii].

Encontramos ejemplos paradigmáticos en mujeres, para quienes el valor del semblante es máximo y –por ello mismo– el rasgo es esencial. Vemos así que la mascarada no es mera apariencia, ni responde a la dicotomía trivial del adentro /afuera.

Todo el amor propio de una mujer puede concentrarse en el modo particular y único de mostrar su gracia. Esa gracia, pequeño escabel, está sólo en los detalles que configuran nada menos que su “estilo”: el modo de sonreír, de mover el pelo, de caminar, de llevar una prenda, etc.

De ese modo comprobamos que cualquier rasgo, aparentemente trivial, con el que el sujeto se presenta en el grupo puede exceder la función de sostener la identificación secundaria, el rasgo “amable” que extrae de los Ideales del Yo. Mucho más que ello, puede constituir un rasgo de máxima singularidad y, sin saberlo, ser el recurso con el que el sujeto se presenta en la escena del Otro –más allá de su valor fálico- como causa de deseo.

En tal caso, los efectos de una ridiculización pueden ser devastadores.

  1. Risa y verdad

La figura del hazmerreír destituye al sujeto, pero lo aloja como objeto en el grupo. Lejos de dejarlo caer, le da un lugar especial. La oferta del Otro no es excluirlo sino hacerlo participar como desecho que sostiene el goce colectivo de la risa. Es sin duda una posición mortificante para el sujeto, quien se encuentra en la impotencia de cuestionar su lugar.

En efecto, el rasgo elevado a “causa de risa” tiene la particularidad de no constituir una descalificación frontal, ni siquiera un rechazo. La ridiculización no desmiente la verdad del rasgo en que esta se sostiene.

El público que mira es el Otro de la legitimación: la víctima verifica así la caída inapelable de su valor fálico. En este mundo adolescente, constituido a espaladas de los adultos, sólo hay códigos transversales que no requieren de su inscripción en el Otro social. No entra en él una regulación de los goces ni la equivalencia simbólica de las diferencias.

La descalificación subjetiva por vía del ridículo no admite defensa, porque el rasgo no es cuestionado, sino aceptado y precisamente reconocido como una verdad que hace reír. En ese particular modo de articulación del sujeto al Otro grupal parece radicar el núcleo mismo de la crueldad.

  1. El daño

La casuística de la violencia sufrida por la víctima presenta varias respuestas: ninguna de ellas deja de ser traumática. Todas tienen en común un intenso retraimiento y un progresivo alejamiento de las actividades relacionadas con el deseo. Hay un marchitamiento generalizado de las ganas de vivir, en un trayecto que puede ir de la depresión a la melancolización. En muchos casos el desenlace es el suicidio. Lo que mediáticamente se conoce como “suicidio adolescente”[iv]

Independientemente de su estructura clínica, el sujeto no puede dejar de producir todos los sentidos posibles para semantizar el trauma, para convertir el sufrimiento de ese especial modo de inclusión en algo “entendible”.

El rasgo ridiculizado carga, inevitablemente, con el índice de la verdad. Las consideraciones conscientes que el sujeto haga de sí mismo para librarse de ello no serán más la “cuadratura inagotable de las reaseveraciones del yo”[v]. La respuesta del Otro, por el solo hecho de haber fundado la condición misma del sujeto, adquiere estatuto de verdad.

  1. El Otro inapelable

Satisfacción sádica del lado del que acosa, angustia del de la víctima. El primero no ignora los efectos que produce en la segunda, quien, como dijimos, carece de alternativas para apelar a la ley de los adultos. La eficacia está del lado del grupo adolescente, constituido en un Otro inapelable que sanciona y que goza mirando.

Pero en la actual época de la hiper-comunicación, esa especie de Otro nefasto excede los límites del grupo presencial. Esa mirada, en su doble función de goce y sanción de la verdad, es ahora una cyber-mirada. La destitución subjetiva se viraliza y el Otro como tal se hace inconmensurable. El sujeto no puede ver lo que ven de él, sin imaginar tampoco ante quienes o cuantos. El panóptico contemporáneo ya no converge en la mirada del carcelero. La ubicuidad de la mirada se ha hecho indeterminable, aunque no por ello menos real.

  1. “Eres eso”

En la soledad de esa coyuntura, se abre un abanico de posibilidades en cuanto a los recursos del sujeto. Si las significaciones que éste produce se ordenan bajo el discurso establecido, la respuesta es neurótica. Los efectos consistirán en una caída generalizada del amor propio, la imagen de sí, el manejo de su propio cuerpo, afectando su inserción en el campo del deseo.

Si la ridiculización alude, por ejemplo, a un rasgo físico, eso se inscribe tal cual como minusvalía. Si el Otro dice “eres eso”, la respuesta neurótica producirá una inagotable producción de sentidos para negar, desplazar, racionalizar la íntima convicción del “Sí, soy eso”.

Si el sujeto, en cambio, no puede refugiarse en su fantasma, si los recursos de que dispone no se ordenan en el campo de las soluciones compartidas, el sujeto tendrá que inventarse una salida solitaria.

Es ahí donde la víctima adolescente corre los riesgos del pasaje al acto. Es decir, realizar su condición de desecho. Y esa realización puede tomar formas diversas, desde la violencia asesina hacia otros (las masacres mediáticas) o la violencia contra sí mismo, como las autolesiones o el suicidio.

  1. Adolescencia: lo real y el concepto

J-A. Miller alude a ese concepto como un artificio significante, una construcción y, por lo tanto, pasible de “deconstrucción”[vi]. De modo que el término en sí mismo, tradicionalmente entendido como una zona de transición entre el niño y el adulto, no es más que una elucubración cuyo real alude al impacto de sexualidad en el cuerpo de un ser que no es ni niño ni adulto. Ese impacto no es precisamente un dulce “despertar de la primavera” a menos que se la tome en el sentido profundamente dramático con el que Lacan evoca la obra de Wedekind[vii].

Cada cultura se las arregló como pudo para aportar soluciones significantes a esta encrucijada. Aquellas que disponían de una sólida estructuración simbólica lograron los llamados “rituales de paso”. Tatuajes, incisiones, ordalías o vestimentas dejaban una marca visible, un imaginario que se hacía prueba y testimonio de una conquista simbólica.

  1. El “ni – ni”: nominar lo que no es

A diferencia de las culturas tradicionales, el adolescente, tal como lo conocemos en las culturas de la contemporaneidad capitalista, no es ni niño ni adulto. Tiene el estatuto de una “no entidad”. Está en el espacio de lo que podemos llamar “el adolescente como ni – ni“.

Extraemos esta expresión con la que los anglosajones aluden a los adolescentes que “ni estudian ni trabajan” (NEET)[viii] para extenderlo a esa coyuntura de incidencia traumática, en la que se produce el encuentro entre el máximo de precariedad simbólica y el máximo de desamparo frente a la irrupción del estallido libidinal.

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Carente de los recursos del niño, así como de los del adulto, debe responder a los excesos del goce fálico que lo inunda, lo empuja, y que lo deja perplejo ante su cuerpo y el del otro.

Desde esta perspectiva, el término “adolescencia” viene a ocupar el vacío de lo que definimos por la negativa, como contracara de lo que los discursos establecen para niños o adultos. La adolescencia como “ni-ni” es quizás un modo de nominar una zona de acontecimientos subjetivos para los que el Otro no consigue encontrar referencias específicas, multiplicando expresiones paradojales en las que no se sabe si se trata de un adulto infantil o de un niño adulto.

  1. Entre la insuficiencia y la anticipación

Este espacio, quizás impropiamente llamado “etapa”, vuelve a poner sobre el tapete la Hilfelosigkeit, el desamparo primordial freudiano. El adolescente se ve forzado a enfrentar lo excesivo con aquello de lo que aun no dispone.

En esa anticipación de los problemas respecto de las soluciones vemos la reedición de lo que fue, en su momento, anticipación fundante del sujeto. Tal como en el estadio del espejo, “el sujeto se debate entre la insuficiencia y la anticipación”[ix]. Solo que la función legitimante del Otro, de la que el infans obtiene tanto el reconocimiento como las virtudes estabilizantes del Ideal, en el adolescente se halla especialmente devaluada.

  1. La adolescencia como “placa giratoria

En la época en que “el Otro no existe”[x] el joven “ni – ni” se ha convertido en un cínico precoz. Es la respuesta natural al decaimiento generalizado de la confianza en el Nombre del Padre. La precocidad de esa posición, ejemplificada en Zazie[xi], se opone a las virtudes de un cinismo sabio, al que se llega trabajosamente, que galvaniza al sujeto en las postrimerías de un análisis y del que es preferible salir antes de su final.

Pero no es el caso del adolescente, urgido por encontrar un destino para su pulsión.

La coyuntura es dramática porque en la increencia generalizada en la que vive no es seguro que su elección se oriente hacia el deseo, su articulación a la falta y su paso necesario por el amor. Puede el goce no condescender a ello. El “ni – ni”, que se debate entre la urgencia y la anticipación, es un Juanito angustiado que ya no tiene a su madre para interrogar.

Como para cualquiera, no hay “puentes” para alcanzar al cuerpo del Otro. No hay puentes para el adolescente, pero sí podemos imaginarlo montado sobre una placa giratoria, de incierto abanico.

Se trata de una figura indudablemente interesante, usada dos veces por Lacan[xii], porque acarrea la idea de que el sujeto elige. Si no hay puente, o si éste está cortado, entonces no hay más remedio que optar.

En la orilla inicial de la placa el joven “ni – ni” debe elegir una salida para el goce excesivo que lo parasita. Como ya anticipamos, para que la adolescencia sea efectivamente la edad del deseo se requiere el paso por el amor en su dimensión no imaginaria, a efectos de que sea posible condescender del goce a este último.

Pero esta salida no está ni asegurada ni favorecida por las culturas del consumo. En nuestro mundo “líquido”[xiii] y contemporáneo no se dispone de la paciencia necesaria que requiere la eficacia del Ideal cuando está articulado al Nombre del Padre. Por el contrario, rige el imperativo de la satisfacción inmediata.

De modo que habría que considerar que la placa giratoria en la que se posa el adolescente abre un espectro posible de caminos que se despliegan entre la polaridad del goce y la del deseo. La crueldad del joven acosador es ya una posición sadiana en la que se verifica el goce como voluntad.

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En el extremo opuesto está la orientación hacia el deseo, una posición mediada por cierto “amor ejercitable” [xiv] que también se verifica en agrupamientos adolescentes un poco “a lo Mencio”[xv], es decir, marcados por solidaridades recíprocas más o menos desinteresadas, sin tampoco una fuerte inscripción en los ideales del Yo.

En el trayecto entre ambas polaridades pueden ordenarse las innumerables soluciones singulares, ya sean más o menos ofertadas por los discursos establecidos o las variaciones de la invención de cada cual. En la misma línea en que Lacan hace del analista un “secretario del alienado”[xvi], podemos imaginarlo, frente al adolescente, como un “ayudante de inventor”

Sean cuales fueren las configuraciones de este bricolage inventivo[xvii], se trata siempre del impasse que hace de la placa una solución al puente que no existe, de la soledad del goce al modo en que se lo enlaza al Otro

  1. “Tocar” al cínico

En esa vía, el psicoanálisis responsabiliza al sujeto por su elección, así como por los efectos que ésta produce. Si el adolescente se comporta cruelmente, la rectificación subjetiva no puede soslayar el paso por el que se lo implique en los efectos de llevar al otro al borde de la angustia.

Ahora bien, ¿qué orientación para dirigir una cura en los tiempos en que la contemporaneidad no favorece la fe en el Nombre del Padre, especialmente devaluada en el ámbito “ni-ni” de lo que llamamos adolescencia?

En el marco de la progresiva inoperancia de los recursos para hacer valer los semblantes, son muy pocas las posibilidades de que el “eso no se hace”, “eso está mal” afecte castrativamente al sujeto. Si se trata de un “cínico precoz”, ni la presencia de Alejandro Magno le haría mella.

El 3 de diciembre de 1969 Lacan sufre el acoso de un grupo de estudiantes universitarios. Se lo ve, en esa ocasión tratar de defenderse con argumentos. Pero no resulta, son inoperantes. Finalmente dice: “Mírenlos como gozan”[xviii]. No es el hecho de que esa intervención haya impactado efectivamente en los intemperantes muchachos, pero nos da una idea y una orientación dirigida a provocar la división del otro por medio de la vergüenza.

Se trata de una división que localice, circunscriba el punto de satisfacción, sin requerir ninguna evocación a figuras del Ideal.   Se convierte así en un recurso invalorable cuando no se puede hacer resonar en el sujeto el valor del Otro de la buena fe. Si lo intentáramos nos miraría con sorna, como Zazie. Es preciso tocar al cínico con algo que afecte su goce sin apelar al Nombre del Padre: un “golpe de vergüenza”.

Este afecto había sido exactamente ubicado por Lacan como “embarazo” siete años antes, efecto de división subjetiva frente a la presencia plena del Otro. En el seminario XVII, en cambio, la menciona como un posible ingrediente en la salsa que el analista prepara en su caldero. Es un remedio del que sugiere tener buen acopio, para usos diversos.

Está en la inventiva de los practicantes saber usarla con acierto, precisamente en nuestra época, la del Otro que no existe. Inventiva para sostener los inventos que hacen lazo, inventiva para incidir en contra de los que lo deshacen.

 

Alberto Saúl

 


[i]      Indart J. C., “La Pirámide Obsesiva”, Ed. Tres Haches, pág. 27-29, Bs As, 2001.-
[ii]    Ubieto J.R., “Bullying: de la víctima al sujeto”, Freudiana Nº 47, Barcelona, 2006.-
[iii]    “Carrie”, EE.UU. 1976, Redbank Films / United Artists.-
[iv]     Van Sant, Gus (2007) Paranoid Park, Avalon Productions. CNC.-
[v]    Lacan, J. “El estadio del Espejo”, Ed. Siglo XXI, Bs As, pág. 15, 1971.-
[vi]     J. A. Miller, “En dirección a la adolescencia”, Inédito, (1915).-
[vii]   Lacan, J. “El despertar de la primavera”, en Intervenciones y Textos 2, Ed. Manantial, Bs As, 1998. Pag. 110.-
[viii]     https://en.wikipedia.org/wiki/NEET.-
[ix]     Lacan, J. “El estadio del Espejo”, op. cit.-
[x]    Miller J.-A.,  Laurent, Eric, “El Otro que no existe y los Comités de Ética”, Paidós, Bs. As., 2005.-
[xi]  Quenau, R. “Zazie en el metro”, Eds. Marbot, Barcelona, 2011.-
[xii]   Lacan, J., Seminario 6 y Seminario 16, Ed. Paidós, Bs. As, 2008 y 2014.-
[xiii]   Bauman, Zigmut. “Amor líquido: acerca de la fragilidad de los vínculos humanos”. F.C.E., España, 2005.-
[xiv]    Lacan, J., “Seminario 21”, Clase del 19/3/74, inédito.-
[xv]     Indart, J. C. “La Risa y el Capitalismo”, Seminario dictado en la EOL, Inédito.-
[xvi]   Lacan, J., “Seminario 3”: clase del 25 de Abril de 1956, Ed. Paidós, Bs.As., 1986.-
[xvii] Miller J.-A., “La invención psicótica”, en El Caldero de la Escuela Nº 11, EOL, Bs As, pág. 4-20, 2009.-
[xviii]     Lacan, J., “Seminario XVII”, Ed. Paidós, Bs. As., clase del 17/6/70, pág. 197, 1992.-